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Códigos de poder
- David Vallejo
El 22 de noviembre de 1963, a las 12:30 del mediodía, tres disparos sacudieron la Plaza Dealey en Dallas, Texas. En menos de seis segundos, el presidente John F. Kennedy pasó de ser el símbolo de una nueva era a una figura inmortalizada en sangre y misterio. Oficialmente, la historia es sencilla: Lee Harvey Oswald, un exmarine desencantado, actuó solo, disparando desde la sexta planta del Texas School Book Depository. La versión oficial ha sido analizada, desmenuzada y escupida por una opinión pública que, al igual que en el caso de Luis Donaldo Colosio, rechaza la idea de un asesino sin vínculos.
Recientemente, el gobierno de los Estados Unidos desclasificó miles de documentos relacionados con el asesinato de Kennedy. No es la primera vez que lo hace, aunque esta vez hay un matiz político innegable. Donald Trump, un presidente con una relación tempestuosa con las agencias de inteligencia, ordenó su publicación en un momento de máxima tensión con el deep state. Algunos interpretaron el acto como un intento de transparencia, otros lo vieron como una cortina de humo para desviar la atención de conflictos internos. La estrategia es clara: en el caos de la política, arrojar un hueso al público distrae de las verdaderas jugadas en la sombra.
Entre los documentos desclasificados, uno de los puntos más intrigantes es la estancia de Oswald en la Ciudad de México. En septiembre de 1963, el futuro asesino de Kennedy viajó a la capital mexicana, supuestamente para gestionar una visa que le permitiera viajar a Cuba y, posteriormente, a la Unión Soviética. Visitó las embajadas cubana y soviética, se encontró con Valeriy Kostikov, un agente de la KGB especializado en asesinatos encubiertos, e intentó conseguir apoyo de la inteligencia comunista. Fue rechazado. Su presencia en la ciudad resultó incómoda, un hilo suelto que con el tiempo se convirtió en un nudo imposible de desatar.
La CIA estaba al tanto de sus movimientos. México, en ese momento, era un nido de espionaje, un campo de batalla silencioso donde la CIA y la KGB libraban su propia Guerra Fría. La pregunta persiste: ¿por qué nadie intervino? Hay quien dice que Oswald era un peón sin importancia, mientras otros creen que su estancia en México fue manipulada para incriminarlo antes del magnicidio.
Los documentos revelan que la agencia de inteligencia tenía expedientes abiertos sobre Oswald mucho antes del asesinato. Sabían de su deserción a la Unión Soviética en 1959, de su regreso en 1962, de su activismo a favor de Cuba. Cuando disparó contra Kennedy, actuaron como si fuera una sorpresa. Uno de los hallazgos más perturbadores es la existencia de memorandos internos que indican que la CIA observaba a Oswald en México y que ciertos informes fueron alterados o minimizados. Una pieza suelta que, en retrospectiva, parece colocada con demasiada precisión dentro de la historia.
El asesinato de Luis Donaldo Colosio sigue la misma lógica inquietante que el de Kennedy. Mario Aburto, el presunto asesino, fue presentado como un hombre solitario, sin conexiones, sin un plan maestro. Pero nadie lo creyó. En el caso de Oswald, ocurre lo mismo. Demasiados cabos sueltos, demasiadas casualidades imposibles. En México, Colosio representaba un cambio dentro del sistema, y su muerte benefició a una élite política que veía en él una amenaza. Kennedy, en Estados Unidos, desafiaba la estructura de poder establecida: enfrentaba a la CIA, planeaba sacar a las tropas de Vietnam, intentaba un acercamiento con Cuba. Si alguien en el poder temía su agenda, su muerte resolvía el problema.
Donald Trump siempre ha tenido una relación conflictiva con la comunidad de inteligencia. Acusó a la CIA de mentir sobre la intervención rusa en las elecciones, menospreció sus reportes y, en repetidas ocasiones, jugó con la idea de desmantelar parte del aparato de espionaje estadounidense. La desclasificación de estos documentos fue un acto de desafío, un golpe de efecto contra aquellos que han manejado información en las sombras durante décadas. Reveló fragmentos de la historia, pero la verdad completa sigue enterrada bajo capas de secretos y estrategias políticas.
El asesinato de Kennedy sigue siendo un espejo de la historia. Muestra que la verdad rara vez es clara, que los poderes en las sombras protegen sus secretos y que, a veces, el mayor truco de un crimen es hacerlo pasar por una simple coincidencia. Oswald puede haber apretado el gatillo, aunque alguien más cargó el rifle.
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