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Hipnocracia

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Códigos de poder

Por David Vallejo

“Hipnocracia o el régimen de la sociedad adormecida, con dos sumos sacerdotes: Trump y Musk” es el título de un artículo publicado por El País el 26 de marzo de 2025. Su autor, Ramón Lobo, propone algo más que un neologismo: lanza un espejo incómodo frente al rostro de la modernidad política. La palabra hipnocracia combina el griego hypnos (sueño) y kratos (poder). Más que una metáfora audaz, se trata de una categoría analítica: un régimen que evita imponer, censurar o convencer con razones. Prefiere seducir, entretener y adormecer.

Lejos de recurrir a la fuerza o a la lógica, se infiltra en el deseo. Transforma a los ciudadanos en audiencias, a la política en espectáculo, y a los líderes en ídolos con aura de celebridad.

A diferencia de las viejas dictaduras, construidas sobre el miedo y el control, la hipnocracia actúa con la complicidad gozosa de los gobernados. Se alimenta del deseo de pertenecer, de estar dentro de la conversación pública, de participar en el juego de los reflejos. En lugar de tanques o decretos, opera con pantallas, algoritmos y narrativas virales. Su fuerza reside en mecanismos invisibles.

Ya no se delibera. Se viraliza.
Ya no hay ciudadanos. Hay usuarios.
Ya no importan las ideas. Importan los estímulos.

La política gira en torno a la indignación instantánea, a la capacidad de captar atención, al flujo emocional del engagement. La verdad se convierte en una construcción afectiva, dictada por lo que genera clics, reacciones, emociones. Informarse ya no busca claridad ni decisión, sino intensidad. Sentir desplaza a comprender.

Trump y Musk ilustran esta lógica con precisión quirúrgica. El primero hizo de la presidencia un reality show. El segundo, un profeta digital entre ciencia y sarcasmo, domina el escenario global con memes y provocaciones. Coherencia o profundidad no forman parte de su arsenal. Basta con estar presentes. Porque el público exige presencia, no respuestas. Ídolos, no argumentos.

La hipnocracia se construye desde el deseo colectivo por distracción, por inmediatez, por causas que emocionan aunque escapen a la comprensión. Informarse se vuelve un acto emocional. El juicio cede terreno ante las pasiones. La reflexión da paso a la reacción.

Al centro de este modelo está el algoritmo.
Esa entidad silenciosa que decide qué vemos, qué creemos, hacia dónde miramos. No impone. Sugiere con precisión quirúrgica. Ofrece justo lo que nuestra mente busca, incluso antes de saberlo.

No se trata de un monstruo digital, sino de una maquinaria diseñada para rentabilidad, que en su afán por ofrecernos más, termina moldeando la esfera pública. Sin coacción, sin amenaza. A través de la seducción.

La política se estetiza. Se dramatiza. Se vuelve consumo simbólico. El liderazgo se mide en likes, los partidos se convierten en marcas, las ideas en frases diseñadas para compartirse. El público se comporta como audiencia. Y los nuevos líderes aprenden con rapidez ese nuevo rol.

Ante la complejidad institucional y la velocidad del presente, surge el culto a la personalidad. Carismas que simbolizan, dramatizan, encarnan. Poco importa el contenido. Lo esencial es la forma. La percepción supera a la propuesta.

El líder deja de representar y guiar. Se vuelve narrador central, emisor de sentido. Mesiánico, algorítmico, performático. Mezcla de espontaneidad y estrategia, empatía y manipulación.

La transformación resulta profunda. La democracia concebida por los ilustrados partía de ciudadanos deliberativos, autónomos, comprometidos. Hoy predomina el sujeto fragmentado, sobreestimulado, atrapado en burbujas cognitivas, que persigue reconocimiento más que verdad.

Exigimos espectáculo más que justicia.
Construimos identidad antes que comunidad.

La hipnocracia representa una mutación del poder. Un poder que se instala en lo íntimo del deseo. Que no requiere reprimir, porque cautiva. Que no derriba la democracia, sino que la vacía, la reduce a eco de sí misma.

Sin embargo, existe una grieta:
La conciencia crítica.

Permanece debilitada, pero no extinguida. Puede reactivarse.
Requiere esfuerzo. Requiere silencio. Requiere lecturas largas, conversaciones lentas, espacios de contemplación.
Exige valor para la duda. Dignidad en el desacuerdo. Paciencia en el pensamiento.

Despertar sigue siendo el acto más revolucionario.

¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y la hipnocracia lo permite.

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