EN SÍNTESIS
El Desdén de los Poderosos y el Olvido de los Humildes
Esta mañana, mientras escuchaba la Radio Pública Nacional, por sus siglas en inglés: NPR, me sorprendió una entrevista con Elon Musk en la que afirmaba que la empatía es una debilidad. Según él, sentir por los otros es una vulnerabilidad que puede ser explotada. Lo más desconcertante fue escuchar cómo algunos ministros religiosos respaldaban su postura: “se necesita mucho corazón para no tenerlo… para que la gente no abuse”, decían los religiosos. ¿Es este el nuevo evangelio del poder: la negación del otro como virtud?
Esta narrativa, que deshumaniza a la población de tener empatía por los más vulnerables, tiene consecuencias políticas, económicas y morales. Nos invita a revisar las estructuras que hoy consolidan el poder no en la compasión, sino en la arrogancia. Musk, en la misma entrevista, afirmó que hay “un 80 o 90% de probabilidades de que él cree un mundo más próspero en el futuro”. Pero ¿para quién será ese futuro?
Según datos de Oxfam, el 1% más rico del planeta ha capturado casi dos tercios de toda la nueva riqueza generada desde 2020, mientras que el 99% restante tuvo que repartirse las sobras. En otras palabras, una élite minoritaria —menos del 3%— controla cerca del 80% de la riqueza mundial, dejando a millones en una lucha diaria por sobrevivir. Los humildes, los enfermos, los adictos, los migrantes, los desplazados por la guerra o la desigualdad no figuran en el horizonte de estos “arquitectos del futuro”, convertido ahora en el flamante asesor, asistente y aliado número uno de Donald Trump.
El plan republicano de la actual administración es mantener la disminución de impuestos para los ricos y todavía buscan cómo aumentarlos más. ¿Y no es acaso sintomático que figuras como Elon Musk declaren su desprecio por la empatía, mientras líderes evangélicos repiten el mismo guion desde los púlpitos? ¿Es esta la nueva teología del poder: moralizar el egoísmo y espiritualizar el desdén? Si la compasión es calificada de debilidad, ¿qué lugar queda para la justicia?
Como he enseñado en mis cursos de Micropolítica: el Ejercicio del Poder, existe un tipo de poder que se opone diametralmente a esta lógica: el Poder de la Humildad. Este poder no es debilidad, sino una fuerza que se ejerce desde el reconocimiento del otro. Es el acto consciente de bajar la guardia, de someterse voluntariamente, para revelar la arrogancia del adversario o para despertar la conciencia del que aún puede sentir.
En la política, en la religión, y en la economía, la arrogancia ha sido históricamente el arma de los que ya tienen demasiado. La humildad, en cambio, ha sido la fuerza silenciosa de los que resisten. A diferencia de lo expuesto por Musk, practicado por Trump, y ahora seguido por las homilías de ministros, sobre todo evangélicos, la empatía no es una fragilidad: es un acto político radical. Es ver al otro y no mirar hacia otro lado.
Si dejamos de ser empáticos, comenzamos a perder lo que nos hace humanos. Empatía no es una simple emoción: es un compromiso con el dolor del otro, aunque ese otro no tenga nuestro color de piel, no hable nuestro idioma o no cruce nuestras fronteras.
¿Podemos imaginar, por un momento, lo que sufre un emigrado deportado?
Lo ha perdido todo: su casa, su trabajo, su dignidad. Y cuando cruza de nuevo la frontera hacia México, no lo espera un refugio, sino muchas veces un secuestro a manos de los cárteles, que exigen rescates a sus familias a cientos o miles de kilómetros.
Ese ser humano, que buscó una vida mejor, es ahora mercancía en manos del crimen organizado. ¿Qué hicimos para evitarlo?
¿Y qué decir de los programas de la Agencia Internacional de Desarrollo (USAID) que fueron cancelados por la administración Trump?
Eran iniciativas que salvaban vidas, literalmente. Vacunas para niños en África. Programas de salud materna en zonas rurales de Centroamérica. Escuelas para niñas en Afganistán o Yemen. La cancelación de estos apoyos no fue solo una decisión presupuestal: fue un acto “antiempático” que selló el destino de miles de vidas invisibles para las cámaras, pero reales.
La empatía, entonces, no es un lujo. Es una urgencia moral.
Si dejamos que nos anestesien frente al sufrimiento ajeno, habremos permitido que lo peor de nosotros se vuelva norma.
Y no lo olvidemos: cuando se normaliza el abandono del otro, el siguiente en ser abandonado… puede ser uno mismo.
Si dejamos que la narrativa del desprecio por la empatía se normalice, o se haga la nueva moda de jóvenes que aspiran a ser como Elon Musk, estaremos allanando el camino para agendas políticas y económicas que despojan a los más pobres de lo poco tienen, mientras engrandecen a los ya privilegiados. Y no solo nos alejamos de las doctrinas cristianas que predican amor al prójimo, sino de toda posibilidad de construir sociedades justas.
Tal vez, como sociedad, deberíamos preguntarnos:
¿Quiénes están escribiendo el futuro?
¿Y por qué parece que en sus páginas no cabemos todos?