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Opinión

Estados Unidos después / after de / the United States

El aniversario número doscientos cincuenta llega precisamente en uno de esos momentos de introspección. La polarización política divide familias, universidades, medios de comunicación, tribunales y parlamentos. The two hundred and fiftieth anniversary arrives precisely at one of those moments of introspection. Political polarization divides families, universities, media outlets, courts, and parliaments.

David Vallejo

David Vallejo

Códigos de poder

4 julio, 2026 · 14 min de lectura · 181 lecturas
Estados Unidos después / after de / the United States

Códigos de poder

David Vallejo 

(Versiones en español e inglés)

Doscientos cincuenta años representan un instante para una civilización milenaria y, al mismo tiempo, una eternidad para una nación nacida de una idea. Estados Unidos cumple un cuarto de milenio convertido en la mayor potencia económica, científica y militar de la era contemporánea. Ningún país ha influido con semejante intensidad en la política, el comercio, la tecnología, la música, el cine, la medicina, la exploración espacial, las finanzas y la imaginación colectiva del planeta. Pocas banderas han despertado una admiración tan profunda y un rechazo tan intenso. Esa dualidad constituye gran parte de su identidad.

La Declaración de Independencia de 1776 transformó un principio filosófico en un proyecto político. La libertad dejó de ser una aspiración reservada para convertirse en fundamento del Estado. Aquella afirmación de que los seres humanos nacen iguales terminó modificando constituciones, revoluciones y movimientos sociales en los cinco continentes. Resulta imposible comprender la historia de los últimos dos siglos y medio sin aquella semilla sembrada en Filadelfia.

Sin embargo, la historia jamás concede absoluciones. La nación que proclamó la igualdad permitió la esclavitud durante generaciones. La república que defendió la libertad desplazó pueblos originarios, extendió sus fronteras mediante la guerra y convirtió su creciente poder económico en instrumento de influencia global. La democracia estadounidense inspiró a millones de personas y, al mismo tiempo, convivió con episodios que aún provocan vergüenza en su propia memoria. La grandeza de un país nunca consiste en la ausencia de contradicciones. Consiste en la capacidad para enfrentarlas. Esa ha sido, quizá, la característica distintiva de Estados Unidos. Su historia puede leerse como una sucesión de rectificaciones. La abolición de la esclavitud, el sufragio femenino, el movimiento por los derechos civiles, la integración racial, la apertura hacia nuevas comunidades migrantes y la permanente discusión sobre el alcance de las libertades individuales revelan una sociedad que encuentra en el debate una fuente de renovación. Ninguna democracia permanece viva cuando deja de discutir consigo misma.

El aniversario número doscientos cincuenta llega precisamente en uno de esos momentos de introspección. La polarización política divide familias, universidades, medios de comunicación, tribunales y parlamentos. Las redes sociales aceleraron la confrontación hasta convertir el desacuerdo en identidad. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca reabrió una discusión profunda acerca del significado del patriotismo, el papel del Estado, la inmigración, el comercio internacional y la posición que Estados Unidos desea ocupar durante las próximas décadas. Incluso la ceremonia realizada en Monte Rushmore adquirió un significado que trasciende el protocolo. Aquel monumento resume las luces y las sombras del país. Celebra a cuatro presidentes fundamentales, aunque también permanece sobre una montaña sagrada para los pueblos sioux. La piedra recuerda que la historia nunca pertenece por completo a un vencedor.

Desde México, esta conmemoración adquiere una dimensión distinta. Compartimos una frontera de más de tres mil kilómetros, una integración económica sin precedente y millones de historias familiares repartidas entre ambos territorios. Ninguna relación bilateral en el mundo posee un nivel semejante de interdependencia cotidiana. Las cadenas de suministro cruzan la frontera innumerables veces antes de convertirse en un automóvil, un dispositivo médico o un electrodoméstico. Cada minuto circulan bienes, servicios, inversiones, conocimiento y talento en ambas direcciones. La prosperidad de uno influye inevitablemente en el otro.

La migración representa la expresión humana de esa misma realidad. Durante décadas, el trabajador mexicano fortaleció campos agrícolas, fábricas, restaurantes, hospitales, universidades y empresas estadounidenses. Con frecuencia, el debate público reduce ese fenómeno a estadísticas, muros o discursos electorales. La historia ofrece una perspectiva distinta. Estados Unidos fue construido por generaciones de personas que llegaron desde otros horizontes. Irlandeses, italianos, alemanes, judíos, chinos, japoneses, libaneses, indios, africanos y por supuesto, mexicanos que ampliaron la capacidad productiva, científica y cultural del país. La inmigración constituye una de las fuerzas creadoras de la nación estadounidense. Renegar de ella implica desconocer una parte esencial de su propio origen.

México también aprendió de esa relación. Nuestra industria manufacturera alcanzó dimensiones impensables gracias a la integración regional. Universidades, centros de investigación y empresas mantienen una colaboración permanente. Millones de compatriotas enviaron recursos que sostuvieron comunidades enteras y financiaron educación, vivienda y pequeños negocios. También conocimos las deportaciones, la discriminación, las redadas, la incertidumbre jurídica y el costo emocional de familias separadas por una línea fronteriza trazada por un muro calcada de la imaginación de unos cuantos. Compartimos prosperidad, esperanza y también dolor.

Los grandes historiadores suelen recordar que las naciones sobreviven cuando conservan la capacidad de revisar su propia leyenda. Roma cayó cuando confundió poder con eternidad. El Imperio británico descubrió que ninguna supremacía resulta permanente. Estados Unidos enfrenta ahora un desafío distinto, su liderazgo futuro dependerá menos de su capacidad militar que de la fortaleza de sus instituciones, de la confianza entre sus ciudadanos, de la calidad de su educación, de su liderazgo científico y de la disposición para integrar, en lugar de excluir, el extraordinario talento que continúa llegando desde todos los rincones del planeta.

La gran disputa del siglo ya tampoco se librará únicamente en los océanos o en los mercados financieros. Se desarrollará en los laboratorios donde se diseñan los modelos de inteligencia artificial, en las fábricas de semiconductores, en la computación cuántica, en la biotecnología, en la exploración espacial y en la capacidad para transformar conocimiento en prosperidad. En ese escenario, la competencia con China trasciende el comercio o los aranceles. Representa la confrontación entre dos modelos de desarrollo que buscan definir el liderazgo tecnológico del planeta durante las próximas décadas. Estados Unidos conserva ventajas extraordinarias gracias a la concentración de universidades, centros de investigación, empresas innovadoras y capital de riesgo. China respondió con una estrategia de largo plazo sustentada en planeación industrial, infraestructura, manufactura avanzada y formación de talento científico. El desenlace de esa competencia influirá en la economía mundial, aunque también determinará quién establece las reglas éticas, comerciales y estratégicas de la inteligencia artificial. México forma parte de esa ecuación. La integración productiva de Norteamérica ofrece una oportunidad histórica para consolidar una región capaz de competir mediante innovación, cadenas de valor resilientes y desarrollo de talento, entendiendo que el futuro pertenece a quienes produzcan conocimiento antes que materias primas.

A los doscientos cincuenta años, Estados Unidos permanece lejos del ocaso. Continúa siendo el principal laboratorio de innovación del mundo, el mayor productor de conocimiento, una referencia universitaria incomparable y un actor determinante para la economía global. Su historia demuestra que las sociedades abiertas generan riqueza, creatividad y progreso con una velocidad difícil de igualar. Ese legado merece reconocimiento.

Desde esta orilla del Río Bravo, la conmemoración invita a otra reflexión. La historia entre México y Estados Unidos nunca podrá reducirse al conflicto, ni a la dependencia. Se trata de una convivencia permanente entre dos pueblos que aprendieron a crecer mirando el mismo horizonte. Uno aportó capital, innovación y escala. El otro trabajo, creatividad, juventud y resiliencia. Separados aparecen dos países, unidos por la geografía, la economía y millones de familias que conforman una de las regiones con mayor potencial del planeta.

Estos doscientos cincuenta años nos dejan como lección que una nación alcanza su verdadera estatura cuando descubren que la fortaleza jamás nace del aislamiento, sino de la capacidad para incorporar talento, corregir errores, defender instituciones y ampliar el significado de la libertad. Estados Unidos escribió una parte decisiva de la historia moderna. El capítulo siguiente dependerá de si consigue permanecer fiel al ideal que le dio origen. Los aniversarios celebran el tiempo transcurrido. La historia, en cambio, siempre juzga el tiempo que aún queda por escribir.

¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y la promesa de Filadelfia siguen vivas.

Placeres culposos: De aquí a que termine el juego de México vs Inglaterra pura música de los Fernández, después a escuchar lo nuevo de Madonna, algo de Billy Joel, Springsteen, Sinatra, Elvis, Metallica y Aretha Franklin. 

Una Hamburger para Greis y un Hocho para Alo.

 

 

 

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Estados Unidos después de  / after the United States.

States

Two hundred and fifty years are but an instant for a millennia-old civilization and, at the same time, an eternity for a nation born from an idea. The United States marks a quarter of a millennium as the greatest economic, scientific, and military power of the contemporary era. No country has influenced politics, trade, technology, music, cinema, medicine, space exploration, finance, and the collective imagination of the planet with such intensity. Few flags have inspired such profound admiration and such intense rejection. That duality forms a substantial part of its identity.

The Declaration of Independence of 1776 transformed a philosophical principle into a political project. Freedom ceased to be a reserved aspiration and became the foundation of the State. The assertion that human beings are created equal would go on to shape constitutions, revolutions, and social movements across five continents. It is impossible to understand the history of the last two and a half centuries without that seed planted in Philadelphia.

History, however, never grants absolution. The nation that proclaimed equality allowed slavery for generations. The republic that defended freedom displaced Indigenous peoples, expanded its borders through war, and turned its growing economic power into an instrument of global influence. American democracy inspired millions of people and, at the same time, lived alongside episodes that still bring shame to its own memory. The greatness of a country never lies in the absence of contradictions. It lies in the capacity to confront them. That has perhaps been the defining feature of the United States. Its history can be read as a succession of corrections. The abolition of slavery, women’s suffrage, the civil rights movement, racial integration, openness to new migrant communities, and the permanent debate over the scope of individual liberties reveal a society that finds renewal in argument. No democracy remains alive when it stops arguing with itself.

The two hundred and fiftieth anniversary arrives precisely at one of those moments of introspection. Political polarization divides families, universities, media outlets, courts, and parliaments. Social media has accelerated confrontation to the point of turning disagreement into identity. Donald Trump’s return to the White House reopened a profound debate over the meaning of patriotism, the role of the State, immigration, international trade, and the position the United States wishes to occupy in the coming decades. Even the ceremony held at Mount Rushmore acquired a meaning that transcends protocol. That monument embodies the country’s lights and shadows. It celebrates four fundamental presidents, while also standing on a mountain sacred to the Sioux people. The stone reminds us that history never belongs entirely to the victor.

From Mexico, this commemoration takes on a different dimension. We share a border of more than three thousand kilometres, an unprecedented level of economic integration, and millions of family stories spread across both territories. No bilateral relationship in the world has such a degree of daily interdependence. Supply chains cross the border countless times before becoming a car, a medical device, or a household appliance. Every minute, goods, services, investment, knowledge, and talent move in both directions. The prosperity of one inevitably influences the other.

Migration is the human expression of that same reality. For decades, Mexican workers strengthened American farms, factories, restaurants, hospitals, universities, and companies. Public debate often reduces this phenomenon to statistics, walls, or electoral rhetoric. History offers a different perspective. The United States was built by generations of people who arrived from other horizons. Irish, Italians, Germans, Jews, Chinese, Japanese, Lebanese, Indians, Africans, and, of course, Mexicans expanded the country’s productive, scientific, and cultural capacity. Immigration is one of the creative forces of the American nation. To reject it is to ignore an essential part of its own origin.

Mexico also learned from that relationship. Our manufacturing industry reached dimensions once unimaginable thanks to regional integration. Universities, research centres, and companies maintain permanent collaboration. Millions of compatriots sent resources that sustained entire communities and financed education, housing, and small businesses. We also experienced deportations, discrimination, raids, legal uncertainty, and the emotional cost of families separated by a border line traced by a wall copied from the imagination of a few. We share prosperity, hope, and also pain.

Great historians often remind us that nations survive when they preserve the ability to revise their own legend. Rome fell when it confused power with eternity. The British Empire discovered that no supremacy is permanent. The United States now faces a different challenge: its future leadership will depend less on its military capacity than on the strength of its institutions, the trust among its citizens, the quality of its education, its scientific leadership, and its willingness to integrate, rather than exclude, the extraordinary talent that continues to arrive from every corner of the planet.

The great dispute of our time will no longer be fought only across oceans or financial markets. It will unfold in the laboratories where artificial intelligence models are designed, in semiconductor factories, in quantum computing, in biotechnology, in space exploration, and in the capacity to transform knowledge into prosperity. In that scenario, competition with China goes beyond trade or tariffs. It represents a confrontation between two models of development seeking to define the technological leadership of the planet for the coming decades. The United States retains extraordinary advantages through its concentration of universities, research centres, innovative companies, and venture capital. China has responded with a long-term strategy based on industrial planning, infrastructure, advanced manufacturing, and the formation of scientific talent. The outcome of that competition will shape the global economy, but it will also determine who sets the ethical, commercial, and strategic rules of artificial intelligence. Mexico is part of that equation. North American productive integration offers a historic opportunity to consolidate a region capable of competing through innovation, resilient value chains, and talent development, understanding that the future belongs to those who produce knowledge before raw materials.

At two hundred and fifty years, the United States remains far from decline. It continues to be the world’s principal laboratory of innovation, the greatest producer of knowledge, an unparalleled university reference, and a decisive actor in the global economy. Its history shows that open societies generate wealth, creativity, and progress at a speed that is difficult to match. That legacy deserves recognition.

From this side of the Rio Grande, the commemoration invites another reflection. The history between Mexico and the United States can never be reduced to conflict or dependence. It is a permanent coexistence between two peoples who learned to grow while looking toward the same horizon. One contributed capital, innovation, and scale. The other, work, creativity, youth, and resilience. Separated, they appear as two countries; united by geography, economy, and millions of families, they form one of the regions with the greatest potential on the planet.

These two hundred and fifty years leave us with the lesson that a nation reaches its true stature when it discovers that strength is never born from isolation, but from the capacity to incorporate talent, correct mistakes, defend institutions, and expand the meaning of freedom. The United States wrote a decisive part of modern history. The next chapter will depend on whether it can remain faithful to the ideal that gave it origin. Anniversaries celebrate the time that has passed. History, instead, always judges the time that remains to be written.

Am I on the right track, or should I turn back? See you soon, as long as artificial intelligence and the promise of Philadelphia are still alive.

Guilty Pleasures: Until the Mexico vs. England match is over, nothing but Fernández family classics. Afterwards, the latest from Madonna, followed by a little Billy Joel, Bruce Springsteen, Frank Sinatra, Elvis Presley, Metallica, and Aretha Franklin.

A Burrito for Greis, and a Guacamole with tortilla chips for Alo.

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