La herencia invisible: de Matamoros a Carnegie
“Aquí yace un hombre que supo poner a su servicio a hombres mejores que él.” Andrew Carnegie
Dr. Alfredo Cuéllar
Dr. Alfredo Cuéllar
Hay ironías de la vida que no producen risa, sino asombro.
Mi padre, Florentino Cuéllar Martínez, nació en 1904 en el Rancho La Mesteña, en el norte de Tamaulipas. No fue a la escuela —o si fue, fue tan poco que apenas dejó huella— y, sin embargo, terminó siendo servidor público, periodista, historiador, cronista de Matamoros y autor de varios libros. Aprendió a leer solo, entre cabras, borregas y perros, gracias a un libro que un vendedor ambulante le puso en las manos cuando era niño.
Aquel libro hablaba de las grandes ciudades del mundo: París, Londres, Madrid, Berlín y Nueva York. Para un pastorcito de La Mesteña aquellas ciudades eran tan lejanas como otros planetas. Pero mi padre hizo lo que hacen los verdaderos autodidactas: convirtió la distancia en imaginación y la imaginación en destino.
Con el tiempo se volvió un lector voraz. Leía periódicos, historia, biografías, política, novelas y cuanto libro cayera en sus manos. Entre las figuras que admiraba estaba Andrew Carnegie, el inmigrante escocés que llegó pobre a los Estados Unidos y terminó convirtiéndose en el llamado Rey del Acero.
Mi padre hablaba con frecuencia de Carnegie. Y repetía una frase que atribuía a él:
“Aquí yace un hombre que supo poner a su servicio a hombres mejores que él.”
Durante años creí, como él, que aquella frase estaba grabada en la tumba de Carnegie. Después supe que probablemente no era así. Pero eso importa poco. Hay frases cuya importancia no radica en su exactitud histórica sino en la manera en que orientan una vida.
Mi padre admiraba a Carnegie por varias razones. Ambos fueron autodidactas. Ambos descubrieron en los libros una puerta de salida de las limitaciones de su origen. Ambos creían profundamente en el valor de la educación. Y ambos entendían que el conocimiento podía cambiar el destino de una persona.
Entre las muchas cosas que me hizo leer estaban algunos escritos y enseñanzas atribuidas a Carnegie. Recuerdo especialmente una lista que él llamaba “Los diez consejos para hacerse rico”. No sé hoy si provenían literalmente de Carnegie o si eran una recopilación popular de sus ideas empresariales. Lo que sí sé es que mi padre creía profundamente en ellas.
Hablaba del ahorro, de la disciplina, de la importancia de concentrarse en aquello que uno conocía mejor, de trabajar más que los demás, de rodearse de personas capaces y de construir una reputación sólida.
Las recuerdo todavía.
Confieso, sin embargo, que nunca las practiqué con el rigor que Carnegie habría recomendado.
Y esa es probablemente una de las razones por las cuales no me hice rico.
No lo digo con tristeza.
Simplemente seguí otro camino.
Mi padre admiraba a Carnegie porque veía en él a un autodidacta que había vencido a la pobreza mediante la disciplina y el conocimiento.
Yo terminé admirando más a los maestros, las universidades, los libros y las ideas.
Carnegie acumuló capital.
Yo acumulé estudiantes, experiencias, artículos, diplomas y amistades.
A veces sospecho que mi padre habría preferido una combinación más equilibrada de ambas cosas.
Pero la vida rara vez sigue los planes de los padres.
Andrew Carnegie tuvo una existencia llena de grandezas y contradicciones. Fue un empresario extraordinario, creador de una de las mayores fortunas de la historia moderna. También fue objeto de fuertes críticas por conflictos laborales y por representar las desigualdades de la llamada Edad Dorada de los Estados Unidos.
Pero comprendió algo fundamental.
El dinero produce poder.
Las instituciones producen duración.
Por eso creó bibliotecas, universidades, centros de investigación y la Carnegie Endowment for International Peace.
Mi padre, desde otro mundo y otra escala, entendió algo parecido.
No tuvo millones.
No tuvo fundidoras de acero.
No fundó universidades.
Pero construyó algo igualmente importante dentro de sus posibilidades.
Fue periodista cuando el periodismo todavía podía cambiar la opinión pública de una ciudad.
Fue servidor público cuando todavía se podía creer que la honestidad era una forma de patriotismo.
Fue empresario.
Fue gerente de la Junta de Aguas.
Fue cronista e historiador.
Y fue, sobre todo, un hombre que transmitió a sus hijos una reverencia casi religiosa por la educación.
Creo que esa reverencia surgía precisamente de lo que él no había tenido.
Sabía mejor que nadie lo que costaba abrirse camino sin escuela.
Por eso insistió en que estudiáramos.
Por eso respetaba tanto a la gente preparada.
Por eso veía en la educación una forma de libertad.
Yo fui el hijo menor.
El que más tiempo vivió con él.
El que escuchó sus historias, sus decepciones, sus entusiasmos y sus silencios.
De Matamoros salí hacia la Escuela Nacional de Educación Física, luego a Alemania, Alabama, Querétaro, Harvard, Durango y California.
Mi vida terminó girando alrededor de la educación, la administración, la investigación y, eventualmente, la formulación de una disciplina que llamé Micropolítica: el estudio del poder invisible en la vida cotidiana de las organizaciones.
Pero esta historia no termina conmigo.
Termina —o quizá continúa— con su nieto.
Mariano-Florentino Cuéllar. Tino.
El niño que llevaba el nombre de su abuelo.
El mismo que durmió en la casa de Abasolo entre las calles 11 y 12.
El que escuchó historias familiares sin imaginar los caminos que tomaría su vida.
Hay ironías de la vida que no producen risa, sino asombro.
Muchos años después, otro Cuéllar llegaría a presidir una de las instituciones más influyentes del pensamiento internacional: la Carnegie Endowment for International Peace.
Pero aquí conviene hacer una precisión. No es mi opinión de padre la que debe prevalecer, sino la evaluación de la propia institución.
Cuando anunció la conclusión de la presidencia de Mariano-Florentino “Tino” Cuéllar, Carnegie señaló que durante sus casi cinco años de gestión la organización amplió su impacto global, fortaleció su trabajo sobre inteligencia artificial, cambio climático, democracia y seguridad internacional, y condujo a la institución a través de algunos de los momentos geopolíticos más complejos de las últimas décadas.
Entre otros logros, Carnegie destacó que, tras el cierre forzado del Carnegie Moscow Center a raíz de la invasión rusa de Ucrania, Tino supervisó la creación del Carnegie Russia Eurasia Center en Berlín, preservando la capacidad analítica de la institución sobre Rusia y Eurasia. Asimismo, impulsó la apertura de nuevas sedes en Singapur y Palo Alto, ampliando la presencia global de Carnegie en regiones donde se desarrollan algunos de los debates estratégicos más importantes del siglo XXI.
La presidenta de la Junta Directiva de Carnegie, Jane Hartley, afirmó que su liderazgo permitió a la institución enfrentar las tormentas geopolíticas de estos años y desarrollar nuevas áreas de trabajo sobre inteligencia artificial, disuasión nuclear y gobernanza global.
Como padre, naturalmente me siento orgulloso. Pero el orgullo paterno es una emoción; los hechos pertenecen a la historia. Y quizás allí reside la ironía más profunda.
Un pastorcito de La Mesteña aprendió a leer imaginando ciudades lejanas que jamás había visto. Décadas después, uno de sus hijos terminaría trabajando precisamente en una institución dedicada a estudiar, comprender e intentar mejorar ese mismo mundo que aquel niño descubrió primero en las páginas de un libro.
Si alguien hubiera contado esa historia cuando mi padre vivía, habría parecido una fantasía.
El autodidacta de La Mesteña que admiraba a Carnegie.
El hijo que terminó enseñando en Harvard.
Y el nieto que acabaría dirigiendo una institución fundada por Carnegie.
Sin embargo, ocurrió.
Y ocurrió en un momento particularmente complejo de la historia mundial.
Ahora, al concluir su presidencia, inicia una nueva etapa en Stanford, donde asumirá nuevas responsabilidades académicas y de liderazgo.
La historia, una vez más, se cierra y se abre simultáneamente.
Cuando miro esta trayectoria familiar, me doy cuenta de que la verdadera herencia rara vez es material.
No heredamos las propiedades que tuvo mi padre.
No heredamos los ranchos.
No heredamos la maderería.
No heredamos las fortunas que nunca llegaron.
Heredamos algo mucho más difícil de medir.
Heredamos frases.
Heredamos conversaciones.
Heredamos ejemplos.
Heredamos cartas que no respondimos a tiempo.
Heredamos valores.
Heredamos formas de mirar el mundo.
Mi padre murió en diciembre de 1980.
En su tumba quedó grabada una frase que resume buena parte de su vida:
“Quien no sepa de historia no sabrá gobernar.”
Carnegie probablemente habría entendido esa sentencia.
Porque gobernar no es solamente mandar.
Gobernar es comprender.
Es recordar.
Es organizar.
Es persuadir.
Es construir instituciones.
Y es saber rodearse de personas mejores que uno mismo.
Quizá por eso, esta historia me conmueve tanto.
No porque mi hijo haya presidido Carnegie.
Eso, por supuesto, me llena de gratitud y humildad al mismo tiempo.
Me conmueve porque, visto desde la distancia, parece que una idea emprendió un viaje improbable.
Comenzó en las colinas polvorientas de La Mesteña.
Pasó por Matamoros.
Llegó a Harvard.
Se extendió por California.
Y terminó regresando, de manera simbólica, a Carnegie.
Mi padre no vivió para verlo.
Pero algo de él estaba allí.
Y sospecho que, de haber podido observarlo, habría sonreído con esa mezcla tan suya de satisfacción, modestia y sentido del humor.
Después de todo, él entendía mejor que nadie que las influencias más importantes rara vez son visibles cuando se ejercen.
Como ocurre con la Micropolítica, sus efectos suelen aparecer mucho tiempo después, en lugares que nadie pudo prever.
(¡Feliz día del padre, Papá!)
Nota del autor:
Resulta apropiado que un artículo sobre tres generaciones unidas por los libros, la educación y la transmisión de ideas haya sido elaborado con ayuda de una herramienta de Inteligencia Artificial.
Los recuerdos, interpretaciones, opiniones y conclusiones aquí expresados son exclusivamente míos. Sin embargo, reconozco la valiosa colaboración de esta nueva tecnología para organizar materiales, contrastar información histórica y explorar conexiones que ayudaron a dar forma al texto.
A veces me pregunto qué habría pensado Florentino Cuéllar de una herramienta capaz de conversar sobre historia, literatura, política y educación.
Sospecho que el niño pastor de La Mesteña que aprendió a leer gracias a un libro regalado por un vendedor ambulante habría sentido primero curiosidad, después asombro y finalmente una enorme alegría.
Al fin y al cabo, durante toda su vida creyó que el conocimiento era una de las formas más nobles de la libertad.
*El Dr. Alfredo Máximo Cuéllar nació en H. Matamoros, Tamaulipas, en 1946.
Profesor universitario, investigador, consultor internacional y autor de la disciplina de la Micropolítica, dedicó su vida profesional a la educación superior, la administración educativa y el estudio de las dinámicas del poder en las organizaciones.
Durante ese recorrido tuvo el privilegio de convertirse en el primer mexicano y latinoamericano en impartir cátedra en la Escuela de Educación de Harvard, una oportunidad que difícilmente habría imaginado aquel niño que escuchaba las historias de Florentino Cuéllar en una casa de Matamoros.
Ha ocupado posiciones académicas y administrativas en México y los Estados Unidos, incluyendo la fundación y dirección de instituciones educativas, programas de posgrado y centros de investigación.
Autor de numerosos artículos y libros, entre ellos Micropolítica: El poder invisible en la vida cotidiana de las organizaciones, ha desarrollado una extensa labor como conferencista, comentarista y analista de temas educativos, políticos y organizacionales.
Hijo de Florentino Cuéllar Martínez y Aurora Cuéllar, pertenece a una familia que por tres generaciones ha mantenido una profunda vocación por la educación, el servicio público y la vida intelectual.
Es padre de Mariano-Florentino Cuéllar, expresidente de la Carnegie Endowment for International Peace, de Máximo Cuéllar, ejecutivo internacional de tecnología, y de Anabel Cuéllar, terapeuta familiar.
Considera que los mayores logros de su vida no son los cargos ocupados ni los reconocimientos recibidos, sino haber contribuido a transmitir a sus hijos y nietos la misma fe en la educación, el conocimiento y el servicio público que recibió de sus padres.
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