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Opinión

ELECCIONES DE MEDIO TÉRMINO EN ESTADOS UNIDOS 2026

¿Un referéndum contra Donald Trump? Análisis y pronóstico electoral | 28 de octubre de 2026

Dr. Alfredo Cuéllar

Dr. Alfredo Cuéllar

En Síntesis

28 octubre, 2026 · 10 min de lectura · 15 lecturas
Dr. Alfredo Cuéllar

En Síntesis

Dr. Alfredo Cuéllar

Mi conclusión, a seis días de la elección, es cautelosa pero clara: considero muy probable que los demócratas recuperen la Cámara de Representantes, que aumenten su número de gubernaturas y que el Senado quede en un empate de 50 a 50. No presento estas cifras como resultados asegurados ni como producto de un modelo estadístico. Son un pronóstico político razonado, construido con encuestas, participación anticipada, condiciones locales y una lectura de Micropolítica sobre la degradación del poder presidencial.

Una elección que rebasa las expectativas

Las elecciones de medio término se celebran a la mitad del mandato presidencial. El 3 de noviembre se renovarán los 435 integrantes de la Cámara de Representantes, 35 escaños del Senado —incluidas elecciones especiales— y 36 gubernaturas, además de numerosos cargos estatales y locales. Aunque Donald Trump no aparezca en las boletas, su presidencia será uno de los asuntos centrales sometidos al juicio ciudadano.

Generalmente estas elecciones despiertan menos interés que una elección presidencial. Esta vez, sin embargo, la votación anticipada está rompiendo expectativas en varios estados que pueden decidir el Senado. Más de 20 millones de personas ya habían votado dos semanas antes de la jornada, y el crecimiento era especialmente visible en contiendas decisivas. Esto es un hecho importante, pero exige prudencia: votar temprano no equivale necesariamente a votar más, y la afiliación de quien entrega una boleta no revela por quién votó.

Mi interpretación es que esta movilización expresa un deseo de cambio de rumbo. Lo digo deliberadamente como hipótesis, no como hecho probado. La participación temprana puede reflejar rechazo a Trump, entusiasmo partidista, preocupación económica, hábitos de votación modificados y, de manera muy importante, la notable polarización política que atraviesa al país. Probablemente estamos observando una combinación de todos estos factores. Lo relevante es que la elección ha adquirido una intensidad poco común para un medio término.

Las encuestas no son votos

Las encuestas son instrumentos útiles, pero no sustituyen a las urnas. Miden preferencias en un momento determinado y dependen de muestras, ponderaciones, tasas de respuesta y supuestos sobre quién terminará votando. También pueden equivocarse por cambios tardíos, por dificultades para representar a determinados grupos o por errores que no aparecen en el margen estadístico anunciado.

Conviene, sin embargo, no exagerar el argumento. En 2024 las encuestas estadounidenses describieron correctamente una competencia presidencial cerrada y fueron más precisas que en 2016 y 2020. Aun así, por tercera elección presidencial consecutiva subestimaron en promedio el voto republicano frente al demócrata. En Brasil, en 2022, varias encuestas de primera vuelta sobrestimaron la ventaja de Lula y subestimaron la fuerza de Jair Bolsonaro. La lección no es que toda encuesta sea inútil, sino que ninguna encuesta es el resultado.

Por eso observo tendencias acumuladas, no una cifra aislada: el voto anticipado, el ambiente nacional, los recursos de campaña, la calidad de los candidatos y las diferencias entre distritos y estados. La encuesta orienta; el ciudadano decide.

 

El rechazo a Trump y la movilización juvenil

El rechazo a Trump parece ser uno de los grandes motores de esta elección. Una encuesta nacional de NPR, PBS News y Marist encontró que 44 por ciento de los votantes probables entendía su voto al Congreso principalmente como un voto contra el presidente, frente a 21 por ciento que lo veía principalmente como un respaldo. Esa diferencia ayuda a explicar el ambiente adverso, pero no debe confundirse con entusiasmo general por el Partido Demócrata.

Existe escepticismo hacia los demócratas, incluso entre quienes se oponen a Trump. En un sistema bipartidista, sin embargo, el rechazo intenso al partido gobernante beneficia normalmente a la oposición, aunque el votante no la considere ideal. Esa es una de las paradojas de estas elecciones: muchos votos demócratas pueden ser menos una adhesión que un instrumento para limitar al presidente.

Entre los jóvenes el fenómeno es especialmente visible. La Generación Z suele definirse como la nacida entre 1997 y 2012; en 2026 tiene aproximadamente entre 14 y 29 años, aunque sólo su segmento de 18 a 29 puede votar. La encuesta juvenil de Harvard de octubre encontró que, entre los votantes probables de 18 a 29 años, los demócratas aventajaban a los republicanos por 63 a 26 por ciento. Además, 63 por ciento de quienes pensaban votar dijo que su principal motivación era oponerse a Trump y a sus políticas.

Estos datos permiten afirmar que existe un rechazo mayoritario a Trump entre los jóvenes encuestados y una clara inclinación demócrata entre quienes dicen que definitivamente votarán. No permiten afirmar todavía que la Generación Z esté votando en masa: la participación real sólo podrá medirse después de la elección. Hay interés inusitado, sí; la prueba definitiva estará en las urnas.

Por qué puede convertirse en un referéndum

La economía cotidiana, la guerra con Irán y sus efectos sobre la energía, la política migratoria, la relación con Rusia y Ucrania, y el estilo de confrontación permanente del presidente se acumulan sobre una misma pregunta: ¿quieren los electores dejar intacto el poder de Trump durante los dos últimos años de su mandato?

Desde la Micropolítica, el punto decisivo no es sólo cuántas personas están inconformes, sino cómo esa inconformidad se convierte en conducta electoral. Una molestia dispersa no produce poder por sí misma. Necesita candidatos, organización, dinero, mensajes, redes de movilización y ciudadanos dispuestos a votar. En 2026, la evidencia disponible sugiere que una parte considerable de ese proceso ya está ocurriendo.

Eso no vuelve inevitable la derrota republicana. El voto anticipado puede ser compensado el día de la elección; una mayoría nacional puede no traducirse de manera uniforme en distritos; y las contiendas senatoriales dependen de estados con historias políticas distintas. Mi pronóstico parte de esas limitaciones.

Mi pronóstico para la Cámara

La Cámara de Representantes es el terreno donde veo la conclusión más firme. Los republicanos llegan con una mayoría estrecha y deben defender distritos suburbanos donde el rechazo presidencial puede pesar más que la lealtad partidista. Mi escenario central es una mayoría demócrata de 230 escaños frente a 205 republicanos. La cifra exacta puede variar, pero considero altamente probable el cambio de control.

No digo que la Cámara esté matemáticamente asegurada. Digo que, al sumar el ambiente nacional, las clasificaciones de los distritos competitivos y la movilización observada, una victoria demócrata es hoy el desenlace más probable. Una ola mayor ampliaría esa mayoría; una recuperación republicana de última hora podría reducirla.

 

El Senado exige mayor prudencia

El Senado es la parte más difícil del pronóstico. Las elecciones se deciden estado por estado y sólo se renueva una fracción de sus integrantes. Los demócratas necesitan una ganancia neta de cuatro escaños para llegar a 51 y controlar la cámara sin depender del voto de desempate del vicepresidente republicano.

Maine, Ohio, Michigan, Iowa, Texas, Alaska y New Hampshire concentran buena parte de la incertidumbre. Mi escenario central es un empate de 50 senadores del bloque demócrata y 50 republicanos. En ese caso, los republicanos conservarían el control operativo por el voto de desempate del vicepresidente. Un resultado de 51 a 49 para cualquiera de los partidos continúa siendo perfectamente posible.

Aquí la cautela no es retórica. Una sola contienda puede alterar el control institucional y varias permanecen dentro de márgenes donde un error de medición, una movilización inesperada o una diferencia local puede cambiar el resultado.

Más gubernaturas demócratas y el caso de California

En las gubernaturas considero probable un avance demócrata. Mi referencia sigue siendo la posibilidad de un equilibrio nacional de 25 a 25, aunque las elecciones estatales no obedecen mecánicamente al clima presidencial. Georgia, Nevada, Ohio y Wisconsin se cuentan entre los escenarios donde la calidad de los candidatos y las circunstancias locales pueden pesar tanto como la opinión sobre Trump.

California merece una precisión histórica. El demócrata Xavier Becerra compite contra el republicano Steve Hilton y llega a la elección como claro favorito. Si gana, no será el primer gobernador hispano de California: Romualdo Pacheco ocupó el cargo en 1875. Becerra sí podría convertirse en el primer latino elegido directamente gobernador del estado y en el primero en ocupar la gubernatura desde Pacheco. Esa posibilidad tiene una importancia histórica indudable, pero mientras no se cuenten los votos debe expresarse como pronóstico, no como hecho consumado.

InstituciónPronóstico central de Alfredo Cuéllar
Cámara de RepresentantesMayoría demócrata de 230 a 205
SenadoEmpate 50 a 50 con control operativo republicano
GubernaturasAvance demócrata y posible equilibrio nacional de 25 a 25
CaliforniaVictoria probable de Xavier Becerra, no resultado confirmado

Estas son estimaciones políticas formuladas antes de la elección. No son resultados, garantías ni probabilidades calculadas por un modelo.

 

Qué cambiaría una derrota republicana

Si los demócratas recuperan solamente la Cámara, Trump sufrirá una derrota política importante. La nueva mayoría podrá intensificar la fiscalización, exigir documentos, convocar a funcionarios, investigar gastos y bloquear iniciativas. También podría iniciar un juicio político, aunque una eventual destitución exigiría dos tercios del Senado y seguiría siendo extraordinariamente difícil.

Si los demócratas conquistaran ambas cámaras, el control sería más profundo. El Senado podría frenar nombramientos presidenciales y el Congreso podría coordinar investigaciones, condicionar presupuestos y obligar a negociar. Aun así, Trump conservaría el veto y muchas iniciativas necesitarían 60 votos senatoriales para cerrar el debate.

Si los republicanos conservaran las dos cámaras, Trump presentaría el resultado como una ratificación de su rumbo. Pero incluso mayorías estrechas dejarían al gobierno expuesto a divisiones internas, deserciones y conflictos con legisladores que ya estarían pensando en 2028.

 

Conclusión

Soy cauto porque las elecciones no se ganan en los promedios, en los titulares ni en las redes. Se ganan cuando los ciudadanos convierten preferencias en votos contados. Pero también soy claro: la acumulación de evidencias me lleva a prever una Cámara demócrata, más gubernaturas demócratas y un Senado empatado.

El rechazo a Trump que campea no debe confundirse con una adhesión entusiasta a los demócratas. Hay desconfianza hacia ambos partidos. Sin embargo, en un sistema bipartidista, el rechazo fuerte al gobierno termina favoreciendo a la única oposición con capacidad inmediata para limitarlo.

La pregunta fundamental ya no es solamente si los republicanos perderán escaños, sino cuántos perderán, qué instituciones dejarán de controlar y hasta dónde quedará restringida la capacidad de Trump para gobernar. Un presidente puede conservar formalmente el cargo más poderoso del país y, al mismo tiempo, sufrir una degradación acelerada de su influencia real.

Eso es lo que estas elecciones permitirán medir: no sólo la distribución de cargos, sino la distancia entre el poder que la Constitución entrega y el poder político que una sociedad está dispuesta a tolerar.

 

*ALFREDO CUÉLLAR es profesor universitario retirado, consultor internacional y creador de la Micropolítica. Utiliza inteligencia artificial como apoyo, asumiendo plenamente la responsabilidad del contenido.

 

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