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LA PRESIDENCIA IMPERIAL:

EN SÍNTESIS Cuando el Poder Ejecutivo comienza a expandirse más allá de sus límites tradicionales Por Alfredo Cuéllar* EL REPORTAJE QUE REABRIÓ UN DEBATE INCÓMODO CNN presentó recientemente el extraordinario especial The Imperial Presidency, conducido por el reconocido periodist…

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26 mayo, 2026 · 9 min de lectura · 15 lecturas
LA PRESIDENCIA IMPERIAL:

EN SÍNTESIS

Cuando el Poder Ejecutivo comienza a expandirse más allá de sus límites tradicionales

 

Por Alfredo Cuéllar*

 

EL REPORTAJE QUE REABRIÓ UN DEBATE INCÓMODO

CNN presentó recientemente el extraordinario especial The Imperial Presidency, conducido por el reconocido periodista Fareed Zakaria. El reportaje ha sido ampliamente elogiado por su profundidad histórica, su claridad periodística y su valentía intelectual al abordar uno de los temas más delicados de la democracia estadounidense contemporánea: El crecimiento gradual del poder presidencial.

El documental ha provocado intensos debates en medios, universidades y círculos políticos de Estados Unidos. Pero también ha generado fuertes resistencias. Para millones de seguidores de Donald Trump, incluso utilizar el término “Presidencia Imperial” continúa pareciendo casi sacrílego, como si cuestionar la expansión presidencial equivaliera automáticamente a un ataque político contra el propio Trump.

Sin embargo, precisamente allí comienza la importancia del debate.

Porque el verdadero problema quizá no sea solamente Donald Trump.

El problema podría ser mucho más profundo, histórico y estructural.

 

NO ES UN FENÓMENO NUEVO

Uno de los grandes aciertos del reportaje es mostrar que la expansión del poder presidencial no comenzó con Trump.

De hecho, el concepto de “Presidencia Imperial” fue desarrollado desde los años setenta por el historiador Arthur Schlesinger Jr. tras el trauma político de Vietnam y Watergate. Su preocupación era que, gradualmente, los presidentes estadounidenses comenzaban a acumular facultades cada vez mayores en materia militar, seguridad nacional, órdenes ejecutivas y control burocrático.

Y la historia demuestra que ambos partidos contribuyeron parcialmente a ese crecimiento.

Lincoln expandió poderes extraordinarios durante la Guerra Civil. Franklin Roosevelt transformó radicalmente el tamaño del gobierno federal durante la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. George W. Bush amplió enormemente el poder ejecutivo tras el 11 de septiembre bajo el argumento de la guerra contra el terrorismo. Obama gobernó crecientemente mediante órdenes ejecutivas frente al bloqueo legislativo. Y Biden también utilizó amplias facultades administrativas en temas migratorios, económicos y regulatorios.

Pero el caso Trump parece distinto por varias razones: la velocidad, la confrontación, el personalismo, la presión constante sobre las instituciones, y la abierta desconfianza hacia los mecanismos tradicionales de equilibrio constitucional.

 

TRUMP COMO ACELERADOR

Micropolíticamente, Trump no creó la Presidencia Imperial; la llevó a niveles que anteriormente parecían políticamente impensables.

La fuerza de Trump no proviene solamente de leyes o decretos. Proviene también de una enorme conexión emocional con millones de seguidores que interpretan cualquier intento de limitar el poder presidencial como un ataque directo contra su líder político.

Y allí aparece uno de los fenómenos más importantes de nuestro tiempo: la personalización extrema del poder, frecuentemente acompañada por formas crecientes de culto a la personalidad.”

La lealtad comienza gradualmente a desplazarse desde las instituciones hacia las figuras individuales.

Eso altera profundamente el funcionamiento de cualquier democracia.

 

LOS VACÍOS CONSTITUCIONALES

El reportaje también deja ver algo sumamente delicado: muchas de las tensiones actuales no nacen necesariamente de violaciones abiertas de la Constitución, sino de zonas ambiguas, vacíos legales y facultades nunca suficientemente delimitadas.

La Constitución estadounidense fue diseñada para evitar la concentración excesiva de poder. Pero los fundadores difícilmente imaginaron: • guerras globales permanentes, • armas nucleares, • vigilancia digital masiva, • redes sociales, • inteligencia artificial, • terrorismo internacional, • ni presidentes capaces de gobernar comunicacionalmente minuto a minuto frente a cientos de millones de personas.

Con el paso de las décadas, múltiples presidentes fueron ocupando espacios de poder que originalmente parecían temporales o excepcionales… hasta convertirlos gradualmente en parte normal del funcionamiento presidencial.

Y ese quizá sea uno de los mayores peligros de toda democracia: cuando lo excepcional comienza lentamente a normalizarse.

 

DOGE Y EL DESMANTELAMIENTO BUROCRÁTICO

Uno de los aspectos menos discutidos —pero políticamente más importantes— del fenómeno Trump ha sido el intento de rediseñar profundamente el aparato burocrático federal mediante despidos masivos, reorganizaciones administrativas y mecanismos de control político sobre estructuras tradicionalmente más autónomas.

Sus defensores lo presentan como eficiencia gubernamental y combate al “Estado profundo”.

Sus críticos lo interpretan como un intento de debilitar pesos institucionales y aumentar la subordinación burocrática al poder presidencial.

Desde la Micropolítica, el fenómeno resulta fascinante: el poder moderno ya no depende solamente de controlar leyes, sino también de controlar lealtades organizacionales internas.

 

LA DEMOCRACIA Y EL CANSANCIO INSTITUCIONAL

Existe además otro fenómeno silencioso: el agotamiento institucional.

Las democracias modernas viven permanentemente bajo crisis: polarización, guerra cultural, redes sociales, escándalos, economía, migración, desinformación, miedo.

Y cuando las sociedades viven durante demasiado tiempo bajo tensión continua, muchas personas comienzan a tolerar concentraciones crecientes de poder a cambio de promesas de orden, eficiencia o estabilidad.

La historia demuestra que las democracias rara vez colapsan de un solo golpe.

Con mayor frecuencia se erosionan lentamente mientras la sociedad se acostumbra gradualmente a nuevas concentraciones de poder.

LA SUPREMA CORTE Y EL NUEVO DEBATE SOBRE LA IMPARCIALIDAD

Existe además otro elemento fundamental en esta discusión: el papel de la Suprema Corte de Justicia.

Durante décadas, muchos estadounidenses crecieron bajo la idea de que las cortes representaban un espacio relativamente neutral, técnico e imparcial, guiado principalmente por la interpretación constitucional y el principio clásico de dura lex sed lex: la ley es dura, pero es la ley.

Sin embargo, en los últimos años esa imagen comenzó a erosionarse aceleradamente.

Para millones de ciudadanos, varias decisiones recientes de la Suprema Corte han reforzado la percepción de que la ideología política de los jueces influye crecientemente en sus interpretaciones constitucionales.

Y eso altera profundamente la confianza institucional.

Algunos jueces conservadores —particularmente Clarence Thomas— son vistos hoy por sus críticos como figuras incluso más radicales ideológicamente que muchos actores partidistas tradicionales.

 

La consecuencia micropolítica es enorme: si las cortes dejan gradualmente de percibirse como árbitros relativamente neutrales, entonces los mecanismos tradicionales de contención democrática comienzan también a debilitarse emocionalmente ante la ciudadanía.

 

 

¿CÓMO FRENAR UNA PRESIDENCIA IMPERIAL?

Aquí resulta particularmente importante un reciente análisis de Mariano-Florentino Cuéllar sobre cómo las democracias pueden sobrevivir a escenarios de crisis constitucional sin destruirse a sí mismas.

La respuesta no depende exclusivamente de tribunales o leyes.

Depende también de: • ciudadanía crítica, • prensa libre, • federalismo, • instituciones autónomas, • funcionarios capaces de resistir presiones políticas, • y una cultura democrática que entienda que ningún líder debe estar por encima de las instituciones.

Porque las constituciones, por sí solas, nunca son suficientes.

Al final, toda democracia depende también de la voluntad cultural de sus ciudadanos para defender sus límites.

 

¿QUÉ PUEDE HACER EL CIUDADANO COMÚN?

“Frente a este panorama, muchos ciudadanos podrían preguntarse: ¿qué puede hacer una persona común frente al crecimiento del poder presidencial?

La respuesta quizá sea menos espectacular de lo que muchos imaginan, pero profundamente importante.

Las democracias no sobreviven solamente por sus constituciones. Sobreviven cuando millones de ciudadanos conservan: • pensamiento crítico, • participación cívica, • capacidad de disentir, • defensa de la prensa libre, • vigilancia del poder, • y disposición a colocar las instituciones por encima de las figuras políticas individuales.

La historia demuestra que las democracias se debilitan peligrosamente cuando los ciudadanos comienzan a actuar más como seguidores emocionales de líderes que como defensores conscientes de principios democráticos.

Quizá la defensa más importante contra cualquier forma de Presidencia Imperial siga siendo una ciudadanía que se niegue a renunciar completamente a su capacidad crítica, especialmente en una era donde la tecnología, los algoritmos y la Inteligencia Artificial pueden influir masivamente sobre la percepción de la realidad política.

 

EN SÍNTESIS

La verdadera lección del concepto de “Presidencia Imperial” quizá no sea solamente advertir sobre Donald Trump.

La lección más profunda es comprender cómo las democracias modernas pueden ir desplazándose gradualmente hacia concentraciones crecientes de poder mientras buena parte de la sociedad apenas percibe el proceso.

Y el fenómeno se vuelve todavía más delicado cuando incluso instituciones históricamente vistas como contrapesos relativamente neutrales —como la Suprema Corte— comienzan también a ser percibidas crecientemente a través de lentes ideológicos y partidistas.

Porque las democracias no dependen únicamente de leyes escritas.

Dependen también de confianza institucional, cultura democrática y ciudadanos capaces de pensar críticamente incluso cuando el poder se presenta disfrazado de patriotismo, eficiencia, seguridad o liderazgo carismático.

Y quizá allí reside la advertencia central de nuestro tiempo: el peligro para una democracia no siempre aparece disfrazado de dictadura abierta.

 

A veces surge lentamente, legalmente, electoralmente, e incluso con enorme apoyo popular.

 

Por eso, quizá la defensa más importante contra cualquier forma de Presidencia Imperial siga siendo una ciudadanía que se niegue a renunciar completamente a su capacidad crítica, especialmente en una era donde la tecnología, los algoritmos y la Inteligencia Artificial pueden influir masivamente sobre la percepción de la realidad política.

 

*Dr. Alfredo Cuéllar es profesor emérito, consultor internacional y creador de la disciplina de Micropolítica: El Ejercicio del Poder. Fue el primer mexicano en enseñar en la Escuela de Educación de Harvard y ha dedicado gran parte de su vida académica al estudio del poder, liderazgo, organizaciones, educación y cultura política.

El presente texto utilizó herramientas de Inteligencia Artificial como apoyo de investigación, organización y edición. La interpretación, criterio y responsabilidad intelectual final pertenecen exclusivamente al autor.

 

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